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El mar y las piedritas

Estoy leyendo Vivir para contarla de Gabriel García Márquez. Entre las primeras páginas relata el momento en que su abuelo, cuando el Gabo tenía tres o cuatro años, lo llevó de la mano a conocer el mar. “… nos encontramos frente a una vasta extensión de aguas verdes con eructos de espuma”. ¡Qué descripción fabulosa!

Mi mente viajó en un instante a la vez que fuimos a Costa del Sol en el sur de España. Era otoño y hacía frío para esta caribeña. Las excursiones eran parte del currículo de la Fundación Ortega y Gassett. Se aprendía de literatura, de geografía, de historia, de la vida.

Mi compañera de cuarto era una chica de huesos grandes y altísima. Lástima que no recuerdo su nombre. No compartíamos mucho. Lo necesario para mantener cierto orden en las áreas comunes. Nos comunicábamos casi exclusivamente por señas. Yo hablaba un inglés de “mai nei is” y ella 3 o 4 palabras en español.

En ese viaje al sur tuve la gran fortuna de estar recogiendo piedritas en la playa cerca de ella cuando ella vio el mar. Su cara era de absoluta fascinación e incredulidad.

Yo – Firs taim?

Ella - ¡Sí!

Yo - ¿Mar, never?

Ella – No.

Lloró. Le hice señas para que lo probara. Se quitó los zapatos, se enrolló los pantalones y se metió al agua hasta las rodillas. Siendo de Minnesota, de seguro lo sintió casi tibio. Metía las manos y se chupaba los dedos. Comprobaba con alegría que, en efecto, el mar era salado. ¡Qué fortuna la mía! Presenciar un momento tan espectacular en la vida de alguien. Ver al asombro tomar cuerpo y tener rostro de alegría. Luego se acercaron otras compañeras de clase a festejar con ella y yo seguí recogiendo piedritas.

Hoy hice cuentas. Me he mudado 13 veces: cuatro países diferentes, 6 ciudades distintas. Y aún conservo esas piedritas. Las siento como una promesa de que volveré a vivir en España y a pasear por el Mediterráneo.

He ido varias veces a lo largo de los años. Viajes hermosos. He vuelto a quedarme en el Hostal Persal. A donde llegué en el 1984 con ojos hambrientos de ver mundo y con la dirección de la Fundación escrita en un papelito. He vuelto a Toledo, he charlado con Mario y Pilar en esa casa tan hermosa y he visitado la Fundación. Me he sentado en Zocodover a tomar un café y he mirado la esquina donde me senté y leí Continuidad de los parques, instante en que entré a la literatura con solo boleto de ida. Ese momento fue mi “primera vez frente al mar de los cuentos”. Insisto, he vuelto a caminar por rincones conocidos y otros nuevos, pero todos han sido viajes cortos y visitar no es volver. Cuando vuelva a vivir en España, iré con las piedritas.


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