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Viaje al desierto

Crecí en el campo. Poco más abajo de mi casa se juntaba el río y la quebrada. Por años tuvimos que brincar piedras para cruzar si queríamos salir “al mundo”. No recuerdo en cuál grado estaba, pero sé que ya iba a la escuela cuando por fin se resolvió una demanda y pudimos tener acceso a la carretera principal. Eso significó que enormes máquinas, obreros, picos y palas abrieron camino y podían entrar los carros hasta las casas. Por años fue un camino en tierra; lodazal cuando llovía, polvorín los días secos y calurosos. Ni idea de cuánto tiempo pasó hasta que se construyó un puente sobre la quebrada. El río ya tenía uno peatonal. Se me acabó el “resbalé y me mojé toda sin querer”. Tampoco sé cuánto más transcurrió hasta que la carretera raquítica tuvo brea.


Antes de todo ese progreso, mi hermana y yo jugábamos con frecuencia a la cocinita en la quebrada. El río era muy caudaloso para eso. Mami nos daba un poquito de harina de todo uso, azúcar, chocolate en polvo, arroz, harina de café y de maíz. O sea, ingredientes secos que nosotras mezclábamos con agua de la quebrada (con renacuajos nadando por allí). Cocinábamos esos mejunjes secándolos sobre piedras al sol, en nuestra lustrosa vajilla en miniatura. ¡A veces hasta los probábamos! Es que estamos vivas de milagro…


Era un campo de vegetación abundante; de pequeña no supe lo que era comprar frutas porque allí las había. Los aguacate (palta para los chilenos) los podíamos cosechar desde el balcón. Eso sí, nada superaba las excursiones a buscar fresas silvestres.


Ese fue mi escenario hasta los 25 años cuando me independicé. Este trasfondo es imprescindible para que puedan tener una noción de lo que fue para mí llegar al desierto de Atacama en Chile. La impresión de total asombro y fascinación. ¡Qué privilegio el mío que a estas alturas de la vida sigo teniendo experiencias que me sorprenden y me dejan sin palabras! La sensación fue de estar en un mundo totalmente desconocido, otro planeta. Me sentía flotar. Quise caminar sola por unos minutos para grabar en mi mente el sonido de caminar por el desierto. Algo así como caminar sobre gravilla, pero más suavecito. Cualquier cosa que escriba se queda corta. No hallo los adjetivos precisos.


Pero la foto que me tomó la compatriota y colega escritora Mairym Cruz Bernal capturó lo que intento decir: por un rato fui un espejismo flotando en la arena. Por unos días fui un espejismo dentro de mi historia. Como si se hubiera abierto un portal en mi vida caribeña y me hubiera llevado a una dimensión desértica.


Tal vez cuando vuelva, porque volveré, logre describirlo mejor. Mientras tanto, gracias Chile, gracias Arica y gracias EIDE por ese junte de escritoras tan maravilloso en un escenario increíble.


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